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LA ESCLAVA Y LA ESPERA

La hermosa muchacha aguardaba frente el tronco de entrada. Apoyada en él, mediante su dulce hombro, observaba atenta, concentradamente, la lejana colina que despertaba teñida en ámbar, a la búsqueda de una mínima señal bienvenida de fuego, polvo: un mísero mohín de viento ajetreado bastaba. Pero no sucedió nada. De repente un frío enorme se apoderó de ella. Semidesnuda, con un sencillo retazo de ropa deslizándose sobre su hombro izquierdo - << no te muevas de aquí hasta que venga>> le había ordenado – se dispuso a esperar durante otro largo día. Llevaba ya cuatro haciéndolo. Y a cada hora transcurrida su desazón incrementaba por momentos. << ¿Y si no vuelve?>> se preguntaba. Sabía cuál era su deber, pero conocía mucho mejor su sentimiento. Y éste le incitaba a salir corriendo a por él, a iniciar una búsqueda salvaje que realmente no sabía a dónde le llevaba.  
Hacía apenas un mes que vivía junto a su Amo, y lejana a toda la leyenda de absoluta obediencia, la sensación que le oprimía era de un cariño sin igual. Tan acostumbrada estaba a lo peor que el trato que recibía le parecía extraño. Ni un mal gesto, ni una brizna de mal genio – todo lo contrario. Rememoró la primera noche en la que danzó para él. Había cometido varios errores, pero su mirada, cálida aunque bajo sus ojos verdes, le incitó a continuar bailando. <<Me gusta tu sonrisa mientras danzas. Se te ve feliz>>  Le dijo. Realmente lo era, hubiese contestado: pero en su lugar una bella sonrisa habló por ella.  
Esa noche durmió bajo sus pies, encadenada al poste central del hogar. Soñó durante más de nueva horas seguidas, interrumpidas por un clic metálico que le advirtió del amanecer y del despertar de Él. << No te muevas>> le ordenó. Ella permaneció incólume a la irritación del cuello que le ardía, al igual que a las rodillas entumecidas por su somnífero aguante. Un frío potaje de textura espesa hizo contacto en su piel, las manos suaves de su Amo lo repartieron por su cuello e inmediata espalda. ¡Su Amo le estaba dando un masaje! Se dejó llevar por la sensación, confusa, excitada. << Puedes mirarme>> le susurró. Y ella como una tonta le respondió que no sabía si debía. La risa sonora de su Amo se adueñó del aposento. << El deber, el deber – decía -. No quiero que hagas las cosas por deber. Tan sólo que mi querer sea el tuyo>> Su Amo seguía riendo.  
La muchacha suspiró.  Que mi querer sea el tuyo. No lo entendía. La fama de su Señor siempre había sido la de alguien extraño y apartado del ronroneo de la Aldea, pero esa misma distancia le confería un particular interés. Además ella no era de las más solicitadas; de tal manera que le pareció lo correcto pasar a ser su propiedad. Desde aquella noche pasó a quererlo con toda su rabia. La rabia puede allí donde la fuerza muere.  
Cuatro largos días desde que se marchó a por un preciado objeto. La kajira no sabía cuál. Cuatro noches en las que ella seguía arrodillándose frente a su trono, envuelta en pequeñas velas titilantes al son del aire espeso, emponzoñado en farinosa melancolía. Las madrugadas pesaban, caían espesas mientras ligeras lágrimas bañaban su tierno pecho.  
Al quinto día partió por el mismo camino por el que él había marchado. Caminaba paralela al eje central del camino adoquinado. No quería ser descubierta. Anduvo durante cinco días, con sus noches, sus pesares, y sus leves sensaciones de desasosiego, al no saber qué hacer. A la séptima jornada decidió dar la vuelta. Cuando llegó; la chimenea emitía meandros de blanco humo que se elevaban inquietos hacia el cielo.  
Llegó hasta la puerta. En el interior se escuchaba el vaivén de la cómoda, donde su Amo leía. Se atrevió a mirar por una breve rendija enclaustrada entre dos tablones de la puerta. Le vio la tez preocupada, escuálida. Pero le pareció hermosa. De repente él se alzó del trono y se dirigió hacia la cocina a prepararse un té. Un chispazo de profundo dolor hirió el alma de la muchacha. Se dejó caer de espalda a la puerta y al instante lloraba amargamente, pero en silencio.  
Cuando despertó, el sándalo perfumado pasó a rebosar su pulmón hiriente. Respiraba con dificultad, y cada vez que lo hacía una punzada de dolor le recorría el alma. De repente abrió los ojos. No se había percatado aún de dónde estaba cuando una voz amable rebosó en su mente. << Al fin despiertas, muchacha>>. La violencia que flotó en su espíritu le hizo medio caer del colchón en el que se encontraba. << Señor… Señor… >> balbuceaba. Él se adelantó hacia ella con rostro serio. La esclava temblaba. Tiritaba cuando él colocó su índice en sus amoratados labios y ambos pulgares recogieron las demostraciones palpables de su herido orgullo. Después percibió el beso de su Amo en la frente, ella arrodillada hasta el infinito,  sintiendo como la eternidad se hizo instante.

Ferdydurke