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EL CONJURO DE LAS LUNAS

La tristeza se dibujaba en su rostro con una lágrima de cristal que paseaba, despacio, por su mejilla. Tenía un gusto salado, y su voz eran los suspiros tenues que escapaban sin querer de sus labios entreabiertos. Dina miraba por la ventana, como una estatua esculpida por un macabro artista, que le puso por nombre “Melancolía”.

En el cielo tres esferas opacas descansaban serenamente sobre las nubes, grandes, observándola en silencio. Y ella las miraba a su vez, desafiante, con un rayo fugaz de odio que escapaba de su mirada en algún momento, cuando descartaba la nostalgia y se empapaba de amargura.

Bajó la vista un momento y se miró las manos, abiertas, formando un cuenco con ellas. Allí aguantaba el peso de su silencio, en ellas descansaban sus gritos y su rabia. En ellas se hizo el lecho su soledad.

De pronto las cerró con fuerza. Cerró sus puños fuertemente, agarrando las sedas de carmín que cubrían su piel, y sus ojos, apagados, derramaron lágrimas a borbotones, cual manantial natural de agua salada. Agria melodía acompañada a percusión por el tambor de sus latidos. Los compases eran fuertes, duros, sin cesar; y el llanto infantil, casi desesperado.

Rodeó su cuello con sus manos, donde antes descansaba el frío metal de un collar, donde entonces sólo quedaba su ausencia. Lo rodeó y apretó, haciéndose daño, castigándose a si misma apagando su hálito un instante.

Después, la melodía paró un momento. Ella, derrotada, dejó caer su peso sobre si misma, cansada y murmuró sin hablar siquiera… “¿Por qué?”. Recordó, con inusitada ironía, como, tiempo atrás, soñaba con ese momento, con poder regresar.

Pero ya no concebía el mundo en otro mundo que no fuera aquél. Ya no concebía sus noches con una única luna burlona bailando en el reflejo del mar.

Ya no concebía su tiempo en el que fue su tiempo, hasta que él llegó, como un torbellino, arrancándola de la monotonía de la oficina, los archivos, los tacones, el maquillaje…

Él había llegado sin avisar y la tomó. Un día cualquiera, en un lugar cualquiera… ¿era de día o de noche? Ni siquiera de eso se acordaba. Tan sólo le dio una explicación “Cuando naciste, ya fuiste mía”. Y después una luz y al abrir los ojos un prado delimitado por la línea eterna del horizonte: un mar verde aceituna enfrentándose con el azul del cielo.

-¡Levántate, kajira!- sonó una voz grave a su espalda, y ella le miró en silencio, fijamente, desorientada por completo.

“Esto tiene que ser un sueño” se dijo a si misma cuando miró a su interlocutor… era grande, parecía un gigante y vestía una túnica roja. A sus pies unas sandalias de cuero anudadas encima de los tobillos, pero lo que más le sorprendió fue la espada que descansaba amenazante sobre su cintura; de puro acero, afilada en su punta y larga como para atravesar tres hombres juntos de su tamaño.

- No me gusta repetir mis órdenes, así que acostúmbrate, por tu bien, a obedecer al acto.

Esas palabras adquirieron sentido, de pronto, en su interior, pero no de la forma en la que él esperaba. Ella sí se levantó al instante, pero sus ojos se tornaron de un ambarino fuego chispeante.

- ¿¡Quién demonios te crees que eres para hablarme así!? ¡Darme órdenes, a mí!- ella agitaba las manos de forma exagerada, mirándole satíricamente.

Pero no pudo seguir hablando, volvió a caer al suelo, tumbada, sin saber casi de dónde había venido la mano del guerrero que le cruzó la cara con el reverso. No dolía el golpe, no dolía tanto como la humillación que sintió mirándole impotente desde el suelo, con furia y llenando, a su pesar, sus ojos de lágrimas. Él la miró sin inmutarse, observando su cuerpo, paseando sus ojos con suma lentitud. Ella no dijo nada, nerviosa, ante la inquisición de su mirada. Bajó la mirada inconscientemente, incapaz de soportar como la miraba tan fijamente… cuál león a punto de atacar. Y él dibujó en sus labios una mueca cruel, algo así parecido a una sonrisa. Silbó, una orden en otro código de sonidos, y un enorme animal salió de la nada. Ella abrió los ojos, como asustada, reculando inconscientemente al ver a la criatura extraña y amenazante que se mantenía ahí a la espera.

- Mi kailla está bien educado, no hará nada que yo no quiera, así que sube.

El enorme animal, negro, sujeto sobre sus dos patas no parecía ofrecer la misma explicación…

Pero él no dijo nada más, se limitó a cogerla, como si no pesara nada y subirla, delante de él, agarrándola con fuerza. El animal empezó a correr, a gran velocidad, y ella, todavía asustada, no se le ocurría siquiera intentar escapar esa vez, dejándose alejar del prado y de la única posibilidad de regresar a su vida.

Y se hizo el silencio… ella, tratando de ordenar todo lo que estaba pasando, aunque extrañamente segura en los brazos del guerrero. No creía nada de lo que sucedía, sabía que no era un sueño pero no podía creer que no lo fuera. Y entre la guerra que bullía en su mente, se durmió, apoyada en el duro pecho de su captor.

Se despertó por el barullo de voces de su alrededor. El cuadro había cambiado. Había gente, y casas… o algo así parecido. Casas había, casas tal y como las conocía ella, aunque a lo lejos observó grandes edificios cilíndricos, enormes, como rascacielos en una ciudad aparentemente medieval. Parecía sacado de un cuento, queriendo representar todo un conjunto de épocas históricas. Pensó en su acompañante, riéndose un instante… “y él, representa en neolítico…”.

Los tres grandes cilindros que se alzaban imponentes ante ella se unían entre sí por unos extraños puentes, débiles, sin pasamanos. Miraba todo a su alrededor con extrañeza… con curiosidad, hasta olvidándose de su circunstancias.

Entre las cabañas se oían gritos, y música de lo que parecía ser una taberna. Se frotó los ojos, tratando de concebir el tiempo en el que había pasado durmiendo.

- Bienvenida a la ciudad de Ar, kajira. Espero que te guste, pues no saldrás de sus murallas en mucho tiempo… quizá nunca.

Ella enfureció de nuevo ante sus palabras, pero no dijo nada, sabía que discutir en ese momento era imposible. Sin embargo, y en cierto modo, se deleitó en disfrutar de la vista que le ofrecían sus ojos, curiosa por las ropas, los rostros y las calles.

Un grito la sobresaltó sobre su cabeza y, al mirar arriba, gritó asustada, casi cayendo de los brazos del hombre que la tomaba con suma fuerza. Había monstruos voladores sobre sus cabezas, sobre las cabezas de toda la gente que caminaba tranquila y sonriente… negros, marrones y emitiendo unos extraños aullidos.

“¡Había gente encima de ellos!” No lo podía creer. No podía creer nada de lo que estaba pasando.

- Ese animal tan hermoso es un Tarn –dijo él, adivinando sus pensamientos. –resulta cómodo para los largos viajes, pero es más revoltoso que tú. Ya volarás en él cuando te haya domesticado de verdad.

Cada palabra del guerrero producía en ella una ira mayor que la anterior, pero sabía que no era el momento… no en ese momento.

Y, de pronto, se dio cuenta que mucha gente la miraba con tanta curiosidad como ella miraba a los demás. Quizá por su ropa de Armani y sus tacones de aguja. Quizá por la americana y la camisa. Quizá por su peinado ya despeinado. Quizá por el color de su pelo, o por el hombre… pues después de tratar de descubrir la razón de tanta expectación vio que también le observaban a él, susurrando algo cuando pasaban de largo.

Y finalmente llegaron a una villa, amurallada a su vez. Fría, oscura e soberbia como su dueño. Él no decía nada se limitaba a dirigir al animal, ya cansado, dejándolo en manos de un muchacho joven, vestido con un extraño atuendo de saco.

El guerrero se limitó a andar sabiendo y esperando que ella le siguiera. “¿Y si no lo hubiera hecho?” Pero él sabía que ella le seguía, y ella lo hacía pues prefería discutir con él que enfrentarse a la extraña gente de las calles que dejaron atrás. O peor aún, enfrentarse a la humillación de ser atrapada de nuevo.

Entró a la casa sin limitarse a comprobar si la pequeña mujer le seguía. Se sentó en un gran butacón de piel mientras en una copa de bronce se servía un extraño licor rojizo, parecido al vino.

- A ver, esto es una equivocación… yo no…-ella empezó a hablar, calmada, sabiendo que era más seguro tratar de razonar con él, pues la discusión iba a ser inútil.

- ¿Cómo te llamas?

- Lucía. –hablaba suavemente, a pesar de que le enfurecía que ignoraran sus palabras.

- No, ya no, a partir de ahora sólo responderás al nombre de Dina. Es un nombre común para una kajira, pero me recordaste a una florecilla silvestre. Hay una bonita historia acerca de un guerrero que capturó a una esclava con ese nombre, si eres buena algún día te contaré su historia, flor cautiva.

- Me gusta mi nombre, gracias. El que he tenido siempre y al único que respondo. –Dina empezó a perder la calma, el fuego retornaba a su cuerpo.

Él se levantó, con la copa entre los dedos, y la rodeó, mirándola de arriba a bajo. Al principio, ella se enfrentó a su mirada pero no pudo soportar el peso de esos oscuros ojos. El guerrero lanzó al suelo unas extrañas ropas, una tela transparente, fina, que apenas le cubriría sus partes íntimas.

- Póntelo, será tu indumentaria habitual cuando no sea mi deseo mantenerte desnuda.

- ¡No! ¡No puedo ponerme esas… ese taparrabos! –Dina perdió completamente los estribos, meneando las manos como si le pareciera ilógico que la trataran de tal modo.

- Hablas demasiado, y replicas demasiado. Soy un hombre de guerra, prefiero la acción a las palabras –Y dicho esto, agarró la espada rasgando sus ropas, que cayeron al suelo hechas jirones. –ya que te desagrada tanto sentir la fina seda del camisk sobre tu piel, ve desnuda.

Ella volvió a desafiarle con la mirada, cubriéndose el cuerpo con las manos. Pero él volvió a hacer caso omiso a su reacción. La rodeó nuevamente y le bajó la cabeza con una mano. Dina cerró los puños, con fuerza… pero no volvió a levantar la cabeza.

- Lo primero que tendrás que aprender es a mantener la cabeza agachada delante de mí, o cualquiera de los Libres, y tu forma de presentarte, siempre que no te diga lo contrario, será siempre de rodillas, con las piernas abiertas y las manos descansando sobre tus muslos. Estarás siempre disponible para mí. Cualquier orden será obedecida al instante y responderás siempre con un “sí, mi Señor”, nunca subiendo excesivamente la voz. Lo demás te lo iré enseñando a medida que avance tu doma, aunque igual te adjudico a una primera muchacha de mis amigos para que te ayude a avanza, me agilice el trabajo y seas la mejor para Mí. Cualquier situación que no cumpla lo que te estoy diciendo, lo pagarás con la lengua de mi látigo.

Dina se mantenía en silencio, deliberando en su interior todo lo que le ocurría. Sus puños seguían cerrados con fuerza, amarrados a su cuerpo.

Dina dejó de recordar aquellos tiempos en los que descubría lo que era Gor, en significado y en esencia. Aquellos tiempos en los que le latía fuertemente el corazón cuando aprendía y descubría a reinventarse para su Amo y empezaba a ser una verdadera kajira. Y ahora se había ido… su corazón de kajira ya no le permitía ser nada más. Su corazón de kajira la llevó a ser suya por encima de todo… y, por defenderle, le perdió.

Acarició la Kef de la cara interior de su muslo… la marca que la identificaba como kajira, clavada en su carne. Su único consuelo era que sino hubiera actuado, le hubiera perdido de todos modos.

La noche era tétrica… pensó en su jardín que se consumía sin sus cuidados. Pero ya no le importaban las flores que tanto había amado, que tantas veces habían decorado la mesa o el lecho de su Amo.

- Amehc… -susurró entre el llanto que volvió a surgir en su garganta.

Aphris, su dulce compañera, abrió la puerta encontrándola acurrucada junto a la ventana, con la cabeza entre las piernas, abrazándolas con las manos. Su llanto era ácido, la tristeza y la rabia unidas entre sí. A ratos, el dolor la envolvía. Otros daba puñetazos al suelo, duramente al aire, al marco de madera de la ventana.

En la tierra, los hombres se aburrían pronto… pero en Gor creía ser su más preciada posesión… creyó que los guerreros tenían otra concepción, más pura, del honor. Pero un hombre, era un hombre; y la lujuria, el único motor que movía su naturaleza. Y ella se había entregado a él en cuerpo, mente, alma… y corazón.

Aphris se acercó a ella despacio.

- Dina, tranquila… toma, te traje unos sándwiches de bosk y un poco de limonada recién hecha. Luego te ayudo con un baño perfumado de tus flores y con una infusión de adormilera te sentirás mucho mejor…

Dina dibujó una sonrisa triste, por la amabilidad de su dulce hermana. Siempre había existido una complicidad silenciosa entre ellas, y, con su ternura habitual, Aphris había rogado a su Amo que la acogiera bajo su protección, cuando… Amehc se marchó.

Dina no probó un bocado de la comida, pero la limonada la reconfortó momentáneamente. Luego, volvió a su remembranza y la melodía de su nostalgia a pianísimo… sus lágrimas caían deslizándose suavemente, como una lluvia suave que a penas tiene la fuerza suficiente como para mojar. Lo peor del amor, es que una vez que toca, tatúa.

Recordó como, tras las primeras instrucciones de su Amo, sentía que todos los prejuicios y valores de la sociedad que había conocido se desmoronaban como un castillo de naipes.

- Creo que no eres sorda… -le habló al oído, justo a su espalda. Ella se irguió, nerviosa, con un escalofrío.

No quería arrodillarse ante ningún hombre, pero, sin saber por qué, no podía desobedecerle. Y sólo se le ocurrió salir corriendo. Pero los reflejos de guerrero eran rápidos, y su instinto, infalible. Él la agarró del brazo, con fuerza antes que pudiera intentarlo siquiera. Cogió sus muñecas y se las juntó detrás de su espalda. Ella chirrió los dientes con fuerza, y él adelantó la cabeza por encima de su hombro, y sonrió al comprobar los pezones endurecidos y desafiantes que se alzaban, orgullosos, en medio de sus pechos.

Dina enrojeció sin poder evitarlo, de vergüenza, de humillación… y de excitación. De pronto, sintió un escozor… posterior al sonido seco de un azote en sus nalgas. Se sobresaltó, emitiendo un grito y trató de escapar… en vano. El azote se repitió, y ella no se movió, sólo sintió arder su piel, y sus ojos humedeciéndose de rabia.

- Ahora, en posición. –le dijo él, aún acariciando el ambiente con su voz, susurrándole al oído.

Temiendo un nuevo castigo, no pudo sino arrodillarse.

- Esa no es la posición que te dije, no me hagas exasperarme. Recuerda, soy un hombre de guerra, kajira, no tengo mucha paciencia.

Dina abrió las piernas, mientras la brillante y húmeda gema de su interior se exponía como una deliciosa tentación. Se apreciaba aún su piel enrojecida bajo la arqueación de su espalda, que descansaba sobre sus talones, y sus manos, a su vez, sobre sus muslos. Aunque no hubiera sido parte de la explícita orden de su Amo, no hubiera podido evitar agachar la cabeza escondiendo el rostro con su espesa cabellera de fuego. Él la miró, estaba complacido, aunque Dina no pudo ver la sonrisa que dibujó en sus comisuras.

Volvió a rodearla pero no la tocó, se limitó a mirarla, en silencio, y volvió a sentarse en su sillón de pieles oscuras bebiendo un largo sorbo de su copa.

- Dije que cada una de mis órdenes, no sólo debían acatarse al instante, sino que tenían que venir proseguidas de “Sí, mi Señor” ¿Entendido?

Dina movió la cabeza en señal de asentimiento sin emitir una sola palabra.

- No te oigo, kajira. –dijo él, con voz grave.

- Sí, mi Señor… -susurró, con una voz a penas perceptible.

Él no insistió más, pensó que más adelante ya le diría el tono adecuado a usar para dirigirse a él.

- En mi infinita benevolencia te dejo escoger, incluso. Puedes usar “Mi Señor” “Mi Amo” “Mi Dueño”, según tu gusto. Espero que sepas alternarlo para no aburrirme, ese es mi deseo.

Esperó a que ella respondiera de la forma adecuada, pero permaneció sin inmutarse. Un chasquido sonó a su lado, pero no la rozó. Dina se sobresaltó y atisbó a ver la silueta del látigo en las manos de su Amo.

- Ss… sí, mi Señor… -volvió a susurrar entreabriendo los labios.

- Bien, me presentaré. Soy Amehc de Ar, el capitán del ejército de Ar, al servicio de los Reyes Sacerdotes. Y tú, mi pequeña bárbara, eres mía, mi kajira, mi esclava si te gusta más. Lo fuiste desde que naciste, aunque tú pareces no saberlo…

Dina no se inmutó, sólo volvió a apretar los puños. Sentía la rebeldía innata en ella, corriendo veloz por sus venas, la sentía a flor de piel… pero algo más fuerte que ella, incluso que el odio o la rabia, la había paralizado por completo.

- Tu padre era el jefe de la guardia del Ubar, murió en combate. Tu madre su primera kajira. Le amaba profundamente. Hubiera muerto de no saber que un hijo crecía en sus entrañas: tú. Pero Daynara era bella, y una kajira excepcional, la envidia de todos los compatriotas… incluso yo, joven aún como era, la deseaba. Tu madre era la dulzura, la obediencia y la exquisitez en persona. Al morir tu padre, fue vendida en subasta y la compró mi padre. Pero desde que llegó a casa fue un torbellino, casi peor que tú. Trató de escapar en varias ocasiones, provocaba la furia de mi padre para que éste la encerrara y así no la tocara. Se libró del látigo cuando, al cabo de unos días de llegar, se supo que había llegado embarazada… pues no había posibilidad de que mi padre hubiera engendrado.

>>Mi padre era un hombre de honor y había apreciado al tuyo toda su vida, siempre le había visto como a un hijo. Un día llamó a Daynara a sus aposentos. Habló con ella con sinceridad, sabiendo que ella soportaba un gran dolor. Ese día, entre los dos, se creó un vínculo afectuoso más allá de la relación de Amo y kajira. Ese día fueron amigos. Ella lloró en su regazo y le abrió en confianza su corazón… y él la tomó, la poseyó. No se rebeló ante sus caricias, se mostraba dócil y entregada por primera vez, pero la pasión que siempre había habitado en su cuerpo, tal vez hubiera muerto con su amante, con el único dueño de su sentimiento.

>>Aquélla noche, tu madre soñó contigo y con tu padre. El rostro se le encendía de dicha. Mi padre había estado toda la noche en vela, observándola, acariciando suave piel y pensando en qué podía hacer con su dulce y revoltosa esclava. La despertó al alba, con suavidad.

>>“-Despierta, kajira…” Ella abrió los ojos, soñolienta, sonrió… pero el dolor todavía asomaba por la ventana de sus ojos transparentes, sin poder disfrazarla por mucho que lo intentara.  “-¿Sí, mi Señor?” “-Quiero concederte lo que más feliz te hiciera en este mundo, pequeña. Osh no volverá, sé lo mucho que le amabas. Sé que él es el único al que, de corazón, sentimiento y voluntad podrías llamarle Amo. Por eso tendré que respetar su recuerdo y no podría poseer a una mujer que nunca pueda ser mía, por muy excepcional que sea. Te dejaré vivir aquí, dándote sólo las tareas del hogar como trabajo. No te tocaré, ni nadie lo hará; por orden mía, y podrás criar a tu bebé como quieras, a salvo. “-Es usted sumamente bueno conmigo, mi Señor…” a Daynara se le escaparon las lágrimas de felicidad. “-No se trata de bondad, kajira, se trata de honor… no puedo liberarte, pues tu condición pesa en la marca que llevas en el muslo, en la perforación de tus orejas… en el fondo de tu corazón. Con tu belleza, cualquiera podría querer tomarte, por eso, seguirás siendo mía. Pero no quiero que te destruyas si intento tomarte como esclava de placer, eso pesaría sobre mi conciencia y mi honor… Osh te cuidó como su más preciada posesión, me toca, ahora, cuidarte en su nombre.” Tu madre pasó contigo un embarazo difícil. No es muy habitual la natalidad en nuestro mundo, puesto que el tiempo pasa de forma distinta a la que tú conoces, ya lo descubrirás. Pero esa vez, por el amor que nació, creció y floreció entre los dos, tu padre nunca evitó que se acristalara en un fruto… en una personita de los dos. Osh amaba a tu madre, aunque nunca lo dijo, todos lo sabían. Naciste el día más caluroso del año, lo recuerdo… pues yo te vi llegar a este mundo.

>> Tu madre lloró largas horas al verte mujer. Cuando recobró las fuerzas suficientes como para hablar rogó la audiencia de mi padre. “-Dijo usted que quería verme feliz, y al dar a luz al fruto del hombre que amé, es la mayor felicidad que jamás me pudo suceder. Sin embargo, yo vengo de un mundo en el que la sociedad se mueve por otros valores… no quiero que mi hija tenga que nacer y crecer como esclava. Yo no podría sentirme otra cosa que kajira… en este mundo encontré mi vida, mi entrega, todos los valores que rigen mi vida, el amor… y la mayor plenitud y felicidad. Pero quiero que mi hija conozca al antagonista de la vida que he vivido en Gor. Yo la instruiré como kajira, le hablaré de Gor y la prepararé como tal, para el día que pueda ser digna de un Amo goreano, pueda encontrar la misma felicidad que yo. Sólo quiero que pueda escoger… es la gracia que le pido, mi Señor.”

>> “-No puedo concederte esto que me pides, pequeña. Puedo entenderte…pero soy Amo goreano, y en Gor no se concibe que una mujer pueda ser completa sin ser kajira…” aunque, tras pensarlo un instante, fue cuando mi padre deliberó tu futuro. “-Volverás a la tierra, la instruirás como kajira y podrá conocer la sociedad bárbara. Pero en el momento oportuno regresará a Gor y será la esclava de mi hijo, Amehc. Ahora es a penas un joven aprendiz de guerrero, pero espero que algún día ocupe mi lugar. Será un guerrero goreano y un gran Amo goreano. Prepararás a tu hija para él, y ella será feliz como kajira.”

>>Tu madre no puedo hacer otra cosa que aceptar la decisión de mi padre y regresó a la Tierra, donde has podido conocer la barbarie humana. Mi padre murió hace poco tiempo, un boicot en el ejército…una traición… -Amehc apretó los puños y sus ojos se inundaron de odio… y de dolor. –Al morir, él me mandó por ti, aunque nunca olvidé a la hija de aquélla mejor kajira que hubo en Gor, y que yo sabía… me pertenecía. –Amehc la miró, largo rato, pensativo. –Aunque, al parecer, tu madre no cumpliera su parte del trato, eres más salvaje que un Tarn en libertad.

-Mi madre murió siendo yo muy pequeña. Ni siquiera recuerdo su rostro, sé que estuvo muy enferma. –Dina habló con la aguja envenenada de la tristeza, el dolor que siempre le había causado su huerfandad.

-Entonces entiendo que no hayas estado debidamente preparada para mí. Pero todo tiene solución, yo me ocuparé de ello.

Dina se levantó de un golpe, con las manos en jarras, enfrentándose a él como una guerrera amazona.

-A mí me da igual lo que tu padre decidiera. Yo no soy goreana y en la tierra es donde tengo toda mi vida, todo. ¡Ese es mi lugar!

Amehc chascó el látigo y lo lanzó, dejando una larga marca atravesando su muslo.

-¡En posición, kajira! –Ella enrojeció de ira, pero volvió a arrodillarse frente a él. –Eres goreana, pues naciste en Gor, y aquí una mujer es esclava en cuanto un Señor quiere de ellas. Tú eres mía, cuanto antes lo aceptes, mejor para ti. Así que empieza a olvidar tu mundo tal y como lo concibes.

Dicho esto, Amehc se acercó a ella y cerró a su cuello una orla de puro acero. Terminaba en esfera, en un pequeño candado de exquisita orfebrería, cerrado con una pequeña llave que Amehc anudó a su muñeca.

-Este collar te ha estado esperando siempre… y para siempre lo llevarás. Reza para que no tenga que despojarte nunca de él.

Dina lo tocó, temblorosa. Lo miró. En él se leía una inscripción grabada “Dina de Ar, kajira de Amehc de Ar.” Dina trató de arrancárselo, rabiosa, pero la detuvo un nuevo azote del látigo. Él volvió a sentarse en su sillón, y la miró mientras ella se debatía en la batalla que bullía en el interior de su corazón.

- No intentes escapar… pues si sales de mis dominios te encontrarás aquí de nuevo y con la fuerza de mi furia en el mejor de los casos.

- En el mejor de los casos… -repitió ella, irónica.

- Sí, mi pequeña esclava. En el peor de los casos, al encontrarte con alguno de mis enemigos, encontrarás la muerte.

Dina tembló. Después apretó con fuerza los puños, nuevamente, sabiéndose paralizada por la mirada que posaba encima de ella.

- Ven aquí. –dijo él, pero Dina no se movió. –O eres sumamente estúpida o te gusta la caricia del látigo, kajira.

Dina se levantó, avanzando despacio hacia él.

-Aquí, a mis pies, y no olvides tu posición.

A regañadientes Dina trataba de aceptar su situación. Como llevada por la brisa se acercaba a él… Amehc, mientras, se deleitaba con la música celestial que era el susurro de sus plantas desnudas acariciando el suelo. Cuando se halló arrodillada a su vera, él sacó una cadena que cerró entorno a su collar.

- Si eres buena, te cuidaré como nunca pensaste que pudieras sentir. Pero mi mano es firme, y ya ves que no me tiembla al enderezarte. Todas sus faltas tendrán consecuencia, así como tu obediencia. Tú elijes, kajira. ¿Entendido?

- Ss… Sí, mi Señor.

- Bien, recuerda en alternar tus respuestas, la repetición me aburre. Ahora, sírveme una copa de ka-la-na, tanta palabrería me espesa el paladar.

Ella no entendía los apelativos extraños de ese mundo, le miró sin comprender y su mirada le siguió hasta el licor granadino que estaba junto a la gran copa de bronce. Dina se adelantó y avanzó hasta ella, todavía algo arrebatada. La cadena era lo suficientemente larga como poder servirle, pero le impedía escapar. Sentirse atada a él le producía una extraña sensación, y le molestaba el peso de la cadena a su espalda.

- No siempre te ataré directamente al collar, es mucho más cómodo mantenerte atada al tobillo. Y lo estarás, siempre que estés a mis pies y no tengas que moverte demasiado para servirme…

A ella le daban ganas de tirarle todo el licor encima… pero se abstuvo, por su bien. Siguió con lo que estaba haciendo, vertiendo el líquido en la copa, que luego le entregó con indiferencia. Pero Amehc no tomó la copa.

-En posición, kajira.

Soltando un bufido de exasperación, Dina se sentó sobre sus tobillos, a los pies de Su Señor.

-La cabeza gacha. Ahora, acerca la copa a tu corazón esperando tres latidos que son el significado del honor, el amor y la devoción. Deberás besar el borde de la copa, como demostración a que no ha sido envenenada. Luego, me la entregarás con la marca de tu beso al reverso, con tus manos extendidas sobre tu cabeza y quiero oír de tus labios “espero que sea de su agrado, mi Señor”.

Dina cumplió las instrucciones al pie de la letra, y, aunque le faltaba la dulzura de sus sonrisa, sus movimientos y las arqueaciones de su cuerpo rezumaban sensualidad, inflamando los más bajos instintos de su Dueño.

-Seré la envidia de todos los que se hallen a mi alrededor con mi nueva posición. Las sedas de tu camisa son rojas, como viste. En cuanto haya tomado posesión de ti serás una kajira de seda roja, o lo que es lo mismo… esclava de placer, únicamente para mi único placer y complacencia.

Por la perversidad de su voz, no cupía duda alguna sobre la “complacencia” a la que se refería. Dina apretó la mandíbula.

-Espero que nunca me tengas que obligar a que puedan disfrutar de ti otros Señores… lo mío nadie lo toca, pero si no eres digna para mí, te disfrutaremos públicamente, kajira.

Amehc tomó el contenido de su copa de un trago y salió de la habitación, dejándola sola, desnuda y aún encadenada a su poltrona.

Dina rompió a llorar con desconsuelo, casi sin parar. Agotadas sus emociones se durmió, acurrucada como un gato a los pies del enorme sillón. Así la encontró Amehc a su vuelta y sonrió. Se acomodó en el sillón y disfrutó de tener a su esclava dormida dócilmente a sus pies.

Caída la noche, la tomó en sus brazos y la llevó a su alcoba, tumbándola en el suelo, sobre las pieles que se encontraban junto al lecho. Dina se despertó, abriendo los ojos confundida, mientras él la ataba desde el tobillo a la cama.

-Una esclava no duerme en el lecho con su Amo, generalmente. Una vez satisfechos mis placeres, regresarás a mis pies, en el suelo, excepto cuando quiera sentir tu cuerpo junto al mío. Quizá no siempre quiera encadenarte, pero no confío en que no vayas a intentar escapar.

Aphris irrumpió en la estancia. Dina había dado la espalda a la ventana y a las tres lunas, que en esa noche se hallaban particularmente hermosas, casi en línea recta… como conjuradas para embellecer el oscuro manto de seda del cielo. Dina un día las creyó sus aliadas, un día las amó… pero entonces, sólo las odiaba. Recordando aquélla, su primera noche con su Amo, miraba fijamente al lecho, como si se tratara del mismo en el que yacía el cuerpo cansado de su Señor… y ella no pudo dejar de derramar lágrimas en el más absoluto silencio. Aphris meneó la cabeza, entristecida… ella, que había sido la que la había instruido en todas las artes de la mejor kajira, ella, que siempre había tenido una sonrisa en sus labios y una flor entre sus dedos, se deshacía en la tristeza; la flor cautiva se consumía sin su captor… Aphris cerró la puerta con cuidado de no disturbarla, pues parecía más tranquila.

Hasta convertirse en la kajira que era, había pasado muchísimo. Dina había tratado de escapar en numerosas ocasiones, ganándose sus respectivos castigos. Algunas veces pasó horas, incluso días enteros en la temida caja de castigo, además de tener que tragarse grandes dosis de látigo. Al principio pensó que desobedeciendo deliberadamente y provocando su furia, la devolvería a la tierra. Pero descubrió que al principio le satisfacía enfurecerle… pero después descubrió que enfrentarse a su ira no le gustaba. La dejaba con la molestia del remordimiento. Descubrió como, extrañamente, se sentía a gusto a sus pies, cuando él estaba complacido… descubrió, incluso… lo feliz que la hacía complacerle. El deseo irrefrenable de regresar a su mundo que los primeros días la dejaba tan airosa, tan nostálgica… iba desgastándose poco a poco y fue convirtiéndose en un deseo creciente de crecer y aprender, de reinventarse para Él.

Renació en ella la elegancia que un día su madre seguro le habría querido enseñar. Cada vez que le servía y Él le susurraba “te pareces tanto a tu madre…” ella se decía que quería ser digna de ella, cuando en realidad lo que quería era ser digna de Él…fue descubriendo lentamente todos los secretos ocultos de Gor, sus posturas, sus bailes… y la exquisita naturaleza de su cultura.

Nació y creció en ella un fuego que sólo ardía cuando él la tocaba, cuando ella complacía sus más bajos instintos… su desfloración fue el más dulce recuerdo que podría crear la vida.

Nunca su conciencia admitió como él la absorbía, como esperaba ansiosa el regreso de sus viajes, como su ausencia dolía más que su látigo, ni como se sentía más realizada a medida que aprendía a ser esa pequeña flor goreana que había habitado en ella siempre. Cuando Él marchaba, dormía en su lecho, como una pequeña travesura fruto de su adoración. Él lo sabía, aunque nunca se lo dijo, pues ese gesto, muy lejos de molestarle, le hacía feliz. Cuando aquellas primeras noches a su vuelta, con los huesos y los músculos cansados, se dormía arropado por el perfume que sólo ella poseía, y que sólo a Él le pertenecía… mientras ella permanecía a sus pies, centinela de su descanso, bañada su piel desnuda por el fulgor de las Lunas.

Una tarde, aburrida, angustiada por la larga ausencia de su Amo, salió a pasear por el jardín mientras oscurecía. Vio que algo brillaba junto a una roca y se acercó. Allí había crecido una extraña y maravillosa flor, blanca, resplandeciente como una pequeña estrella. Se parecía a las orquídeas que había en la tierra pero sus pétalos eran grandes y frondosos y su tacto de terciopelo. Fue a ver a Yemy, el viejo kajirus encargado de los establos. Al verla, sonrió. Al principio parecía sorprendido, luego, como modo de profecía habló solemnemente.

- Arbusto de roca… sólo crece al otro lado de las montañas de Thentis, en un valle del camino a Ko-ro-ba. Pero… al parecer, es extraña. Dijiste que había salido de una roca, y su aspecto se asemeja demasiado al de la flor de Talendro, la flor de la pasión de las kajiras. La flor de Talendro suele ser amarilla, y esta unión de fragancia, color y forma, es particular. El arbusto de Roca se alimenta de la luz de las estrellas, y la flor de Talendro del amor de la kajira. El viento la ha traído aquí para ti, pequeña. Es el regalo de los Reyes Sacerdotes sólo para ti, ya eres goreana en espíritu.

Yemy se fue, como si no hubiera dicho aquél conjunto de palabras inconexas que Dina no alcanzó a comprender. Pensó que a veces, su vejez, le hacía soñar en extrañas invocaciones fantásticas de una magia goreana maravillosa. El viejo kajirus había dado por terminada su explicación. Dina aspiró la dulce fragancia de la flor, la tomó cuidadosamente entre sus manos y en un pequeño cuenco de madera trató de hacer crecer nuevas flores como aquélla, al alféizar de la ventana para que las Lunas hicieran su hechizo. Cuando los primeros brotes empezaron a abrirse camino en la húmeda tierra, Dina sintió una dicha tan grande como nunca había sentido.

La partida de su Señor no resultó ser tan triste mientras se encargaba de plantar y cuidar aquellas raras y delicadas flores que sólo formaban su hermosura a la luz de la noche goreana.

La noche que su Amo regresó de su larga y dura jornada, encontró oscura su casa, iluminada a penas con un fuego en la lumbre y con los pétalos blancos de las dulces flores por todo el suelo, el lecho cubierto de su terciopelo y a su kajira arrodillada en el umbral de la puerta. En sus manos, descansaba una bandeja de metal dorado, y, en ella, unos a gajos ambarinos, colocados cuidadosamente alrededor de una de sus flores blancas, fresca, de tallo largo y con unas gotas traviesas del rocío. Los gajos, anaranjados y rojizos eran de la fruta del Larma, la pasión, el deseo y la lujuria personificada.

Dina no dijo nada. No se levantó corriendo a saludar a su Amo con efusividad como siempre hacía. Su corazón repiqueteaba aceleradamente por el significado de su atrevimiento. Había adornado su camisk más atrevido con pequeños capullos, la seda de su cabello con una corona ajustada, y su piel con la fragancia hecha del agua de flor cautiva. Representaba un cuadro exquisito, con las manos sosteniendo temblorosa la bandeja, las mejillas sonrosadas compitiendo con el carmín de sus labios, y su dorada mirada fija en el suelo.

Amehc había deseado cada noche que había pasado fuera del hogar el reencuentro con su dulce esclava, el calor de su piel y la pasión de sus movimientos íntimos. Pero aquella estampa inflamó de orgullo su pecho, se le clavó como la afilada espada de un enemigo en lo más profundo de él.

Durante unos momentos reinó el más absoluto silencio. A él aún le flanqueaban las rodillas, aunque lo disimulaba genialmente, fingiendo la más absoluta indiferencia. No podía demostrar ante ella su debilidad.

Se adelantó hacia ella y la tomó entre sus brazos. La bandeja con la fruta de la pasión cayó al suelo por el ardor de su abrazo. Primero la llevó hacia la pared, con fuerza, cogiendo sus manos sobre su cabeza y la besó como nunca la había besado, y la llevó hacia el lecho, que estaba lleno de pétalos, sin dejar de agarrar sus muñecas. A ella le dolía su fuerza, pero sonreía, feliz de estar a su lado.

Amehc la miró, la observó posesivamente, orgulloso, posando hambriento su mirada sobre la joven kajira. Él nunca imaginó que ella podría haber averiguado que el ofrecimiento de la fruta de Larma fuera una muda súplica a ser poseída y aquel gesto hizo desearla tanto como nunca podría desear a ninguna kajira.

Las había más bellas, más exóticas, más complacientes, más dulces incluso… pero ella era suya. Aquella vez la tomó con suma ternura, la poseyó con dulzura, con delicadeza como su fuera a romperse… casi conyugalmente. Fue la noche más mágica que las Lunas podrían haber contemplado de la pasión goreana.

Ella inventó para Él un baile, con sedas blancas. La música fueron sus gemidos y los cascabeles que tintineaban en sus tobillos. El fuego se desató nuevamente… ardiendo desenfrenado.

Aquella noche rieron, hablaron con soltura largo rato. Fue como si esa noche sólo fueran un hombre y una mujer. Dina lo notó y susurró, espontánea.

- Así es la relación entre un hombre y una mujer en mi tierra ¿no es maravilloso?

Amehc sintió un gran pesar al comprobar que ella aún añoraba el mundo de donde él la arrebató. Dina notó como su mirada se había ensombrecido y susurró dulcemente.

- ¿Qué ocurre, mi Señor? –él meneó la cabeza, y le pasó una mano por la cintura y acarició su espalda. Reinó el silencio hasta que ambos se durmieron.

Dina se lanzó corriendo al lecho que se  hallaba detrás suyo, tras cerrar la ventana con fuerza. Se lanzó sobre él, llorando histéricamente, descargando su ira y su dolor sobre ella. Recordar los momentos más íntimos pasados con quien fuera su Señor le dolía más que mil agujas ardiendo clavadas en su cuerpo. Lloraba con desconsuelo, como si quisiera abrazar a la muerte.

Aphris entró corriendo al oír su llanto desgarrado. La acunó mientras ella seguía llorando, sin tratar de detenerla.

- Vete, Aphris, vete por favor… no quiero que me veas así, no es digno de kajira mi ira, mi rabia, mi descontrol. Intenta siempre, pase lo que pase, guardar la compostura.

- Pero…

- Shhht… déjame sola, por favor.

Aphris se marchó, triste por no poder ayudar a su hermana, a quien fuera su maestra, de quien aprendió todo para ser quien era. Cerró la puerta suavemente, dejando caer unas lágrimas en solidaridad con su dolor.

Dina no siempre había sido obediente y controlada. Su fogosidad y su lengua algunas veces le había jugado malas pasadas y ella recibía sus castigos, incluso con agradecimiento a veces. A pesar del afecto que Amehc le profesaba, jamás le había temblado la mano para corregir sus faltas y ella le adoraba aún más al hacerlo, pues sabía que su Amo no sería mejor Amo por mostrar debilidad al chasquido del látigo sobre la piel de su esclava, o a sus lágrimas en cualquier otro castigo que se le ocurriera.

Aquella noche fatal se produjo en una gran fiesta. Habían ganado una gran guerra que llevaba años latiente y ya había producido demasiadas heridas y muertes para el ejército de Ar. Amehc se había introducido en sus murallas, y la Piedra del Hogar había sido entregada a él de las mismísimas manos del Ubar. Después se atravesó a si mismo con una espada.

La victoria había proporcionado gran riqueza y honor y regresaron tranquilamente hacia Ar celebrando fiestas a cada campamento que hacían en el camino. Amehc, feliz por la victoria y por el fin de la guerra, por el retorno junto a su kajira, celebró una gran fiesta.

Casi nunca lo hacía, pero aquella vez se le veía entusiasmado. Dina bailó en ella, y sirvió con sus nuevas telas y complementos que su Amo le había regalado. Encadenada a Él y arrodillada a sus pies, formaba la estampa del paraíso para todos los ojos que la observaban embelesados.

- Mi Señor… le pido permiso para salir al jardín junto a mis flores unos instantes… aquí hace mucho calor…

- Bien, kajira, pero regresa pronto a mis pies.

Amehc le desató la cadena y ella le sonrió, pícara.

- Jashi vana she' Amehc – le susurró ella, acercándose a Él y dándole un beso en la mejilla… se adelantó a su rostro y, sacando la lengua la pasó un instante por su oído, fingiendo un gemido.

Amehc sintió como se erizaba de excitación y ella le dedicó una nueva sonrisa traviesa al advertir el fuego en sus ojos, y se alejó, moviendo sinuosamente las caderas.

En el jardín, junto a sus flores, meció la cabeza, dejándose envolver por la brisa, alimentándose de la luz de las Lunas como sus delicadas flores… embriagada por su aroma. Sonrió, feliz… inmensamente feliz por el retorno de su Señor, pues sabía que no volvería a partir en una larga temporada.

Escuchó unos susurros cerca y se acercó, sigilosa.

- Sí, ya está todo preparado. Y ahora que vive en su nube y está débil es el momento.

- Reshi, es peligroso…

- Es él quien es peligroso. A este paso se convertirá en el Ubar y no nos interesa. Cuando se entere de lo que estamos haciendo, seremos los próximos en ser atravesados por su espada. Cualquiera de los atrapados en esta guerra o en las siguientes podría reconocernos… y no quiero ver su cara cuando se entere que pactamos con el enemigo.

- No sé… si nos descubren nuestra muerte será larga y dolorosa…

- Haber ganado esta guerra es lo mejor que nos podía pasar en este momento. Cuando encontremos esos planes y robemos la Piedra del Hogar, Ar dejará de existir. Cuando los Cosarios del puerto de Kar reinen, nos llenaremos de poder… nos regocijaremos en el poder. Amehc debe morir.

Dina sintió que la bilis se le subía a la garganta al oír esas palabras… y se mareó casi cayendo al suelo.

- Aquí tengo el veneno, toma. Ahora entra allí y le invitas a cenar. Prepara una jarra con el mejor paga. Todo Ar sabe que tu cuerpo no lo tolera, así que nadie más que él lo tomará. Esto lo debes meter en él, un día antes. Al primer sorbo morirá, es muy seguro. Todo apuntará a un ataque mortal.

Dina salió corriendo, incapaz de seguir escuchando. No podía pensar. Su corazón latía apresuradamente. Si lo contaba… nadie la creería… ambos eran de los hombres de mayor confianza de Amehc, considerados, incluso, amigos. Entró de nuevo a la sala, blanca como el frío de la muerte antes de acariciar su último aliento y se quedó un instante en el umbral, temerosa de que las piernas le fallaran, antes de adelantarse hasta el sillón de su Señor. Él la miró inquisitivamente.

- ¿Estás bien? –preguntó él, pues ya no parecía la pícara criatura que había abandonado el salón unos instantes antes.

- Sss… sí, mi Señor… jashi.

Dina escuchó las voces de los traidores a su espalda. Dina, de pronto, actuó por instinto… no podía hacer otra cosa. Corrió hasta ellos agarrando la espada de su Amo, gritando “¡Traidores!” repetitivamente.

Ellos consiguieron esquivar el ataque, alguien la agarró por las muñecas, con fuerza, juntándolas a su espalda mientras los dos hombres la miraban estupefactos.

Rashi, el más traidor de los dos, levantó la mano cruzando su cara con suma brutalidad y, dispuesto a volverlo a hacer un puño se lo impidió.

- Mis propiedades nadie las toca, vigila con lo que haces si no quieres sentir de verdad el filo de mi espada. –Amehc hablaba con frialdad, sin querer mostrar nada de sus sentimientos.

- ¡Este ataque no puede concebirse en una kajira! Jamás vi algo semejante y creo que ninguno de los aquí presentes tampoco.

- ¡Ellos planean tu muerte! ¡Son un par de traidores! –Dina gritaba, revolviéndose enérgicamente, defendiéndose.

Rashi sentía su cara arder por la rabia y la miró, con todo el odio que podía habitar en una criatura, con los ojos inyectados buscando su dolor.

- ¡Injurias! Reclamo para ella el castigo que se merece, el que yo quiera, aunque venga de tu mano. No creo que sea digna de ti ni de tu nombre, Amehc.

- Bien, tú elegirás el castigo que deba procederse.

- 200 latigazos, atada al árbol de tu jardín, desnuda. Aunque creo que el que más se merece, es el destierro.

Amehc no dijo nada, se limitó a agarrarla del brazo y dirigirla fuera de la estancia. La ató al árbol con fuerza y, sin mediar palabra, empezó con el primer golpe a su espalda, arrancándola así, sus ropas.

Hizo caso omiso a sus súplicas, a sus gritos y a su llanto. Todos los presentes, Libres y kajiras, la observaban. Se desmayó en varias ocasiones, pero Rashi se encargaba de dejar caer sobre su rostro abundante agua helada. Finalmente cayó, perdiendo el conocimiento.

Dina no pudo saber cuanto tiempo pasó. Le dolía todo el cuerpo la primera vez que despertó. Aphris estaba a su lado, cuidando de ella y poniéndole un paño húmedo sobre la frente. Al ver que ella abría los ojos y la miraba confundida, Aphris sonrió con dulzura.

- Has tenido mucha fiebre durante largos días, te despertabas varias veces diciendo incoherencias… me alegro que estés mejor.

- Agua… -susurró Dina con un hilo de voz, sin acabar de caer en su realidad.

Aphris le adelantó la copa llena de agua fresca, con suma delicadeza.

- Mi Amo, en su benevolencia, me permitió traerte aquí para cuidarte. Él también está preocupado.

Dina, de pronto, se sintió desnuda. El collar había desaparecido de su cuello. De pronto, un agudo dolor acudió a sus ojos y unas palabras bailaron en su cabeza “No creo que sea digna de ti ni de tu nombre, Amehc” ¿Realmente había creído él eso, tanto como para repudiarla?

Aphris se dio cuenta de sus pensamientos y le acarició la espalda con dulzura.

- Creo que habrá una subasta para venderte… mi Amo me dijo que Amehc vendría cuando supiera qué sería de ti… pero aún no ha venido nunca.

Dina empezó a recordar… a pensar… y a sentir. “¿Cuándo ocurrió? ¿Cuándo se había enamorado de él? ¿Y por qué, maldita sea?” Dina se volvió loca, sintiendo como las lágrimas acudían a sus ojos.

- ¡Fuera! ¡Vete! –Dina empezó a gritar, con furia, mientras empujaba a su hermana fuera de la habitación.

Aphris trató de calmarla, pero cualquier intento de tranquilizarla fue en vano.

Dina lloró y lloró con angustia desatada durante horas. Parecía imposible que pudiera tener tantas lágrimas. Se calmaba, volvía a llorar… trataba de no pensar, pero no podía hacer otra cosa que recordar.

Cogió el sándwich de bosk que Aphris había dejado junto a la ventana. Dio un mordisco, pero le supo insípido y lo dejó nuevamente en la bandeja. Finalmente, entre lágrimas, se durmió.

Y cuando se despertó, no recordaba nada de la noche anterior. Tenía los ojos hinchados de tanto llanto, y la mirada desconcertada, viviendo en una nube… como en trance, como si todo fuera un mal sueño y fuera  a despertar a los pies de su Señor.

Aphris había entrado a trompicones despertándola, y ella, desorientada, la miró sin comprender.

- ¡Dina, despierta! ¡Tu Amo está aquí!

Reaccionó al instante, quería estar entre sus brazos. Como si se hubiera quedado sin aire y la presencia de su Señor fuera su respirar corría hacia la puerta cuando Aphris la detuvo.

- Mi Señor me ha ordenado que no bajemos hasta nuevo aviso.

- ¡Pero él no es mi Amo! –Dina forcejeaba con lágrimas en los ojos.

- Al despojarte de tu collar, ahora te hallas bajo la protección de mi Señor, ahora mismo, él es tu tutor. Tranquila, Dina, todo saldrá bien.

No es digna de ti ni de tu nombre, Amehc” esa frase bailaba en su mente sin cesar.

- ¿Sabes? Rashi fue desterrado esta mañana, por traición, junto a su compañero.

A Dina se le iluminó la mirada… quizá su Amo ya no la quisiera nunca más, pero al menos no moriría.

Dina y Aphris quedaron solas en un mudo pacto de silencio, cada una sucumbida en sus pensamientos, en sus emociones y en sus sentimientos… ambas rezando por el futuro de la joven flor. Sin poder tomar conciencia del tiempo, la puerta se abrió al cabo de largo rato. A Dina le dio un vuelco el corazón. El Amo de  Aphris, desde el umbral, llamó a su esclava, ignorando a Dina deliberadamente. Aphris salió y Dina creía escuchar en su mente el incesante y martilleante sonido de sus latidos. Aphris entró de nuevo, con una carta entre sus manos.

- Toma, Dina… Amehc dejó esto para ti.

Aphris, sin el dibujo habitual de su sonrisa, hablaba seria… con condescendencia. Esta vez le llamó por su nombre, no dijo “Tu Señor”.

Dina temblaba, de pies a cabeza, hizo un esfuerzo sobrehumano esperando lo peor. Tomó la carta entre sus manos, mientras las letras se le juntaban.

Mi dulce flor.

Tú me salvaste la vida, me salvaste de mí mismo y de mi tedio y mi odio. Me diste una razón para volver, tu cuerpo, tu belleza, tu dulzura… tu pasión. Pero no soy digno de ti, yo te arrebaté de tu mundo, te obligué a escoger entre la muerte o tu entrega.

Aquí, en Gor, una mujer se realiza al sentirse kajira. Pero, mal que me pese, vienes de un mundo en el que otros valores rigen las emociones. Sé que aún lo recuerdas y lo añoras… no lo dices, pero lo sé. No puedo poseerte si tu entrega no es libre. Y si te veo nuevamente, no podría evitar poseerte… ya sabes lo que se dice: verte es desearte, y desearte es querer poseerte.

Me diste más de lo que podía haber pedido, arriesgaste tu vida para salvar la mía. Tienes espíritu de kajira porque ese fue mi deseo, pero corazón humano… por eso te devuelvo a tu lugar, del que nunca te tendría que haber arrebatado. Sé feliz, Lucía, te pido que me perdones algún día.

Te quedan tres Lunas para tu regreso, el tiempo en Gor no pasa de la misma manera que en la Tierra, al regresar continuarás igual que cuando viniste.

Gracias por todo lo que me has dado.

Amehc de Ar.”

Al regresar todo continuará igual” “Lucía...” Ya no recordaba casi ni su nombre… Otra vez los tacones, los archivos, la absurda monotonía del día a día, el sinsabor de la oficina. Otra vez la hipocresía mediocre de la humanidad.

Él no le había arrebatado su lugar, sólo la llevó a su lado, que es donde debía estar.

Dina salió por la ventana cuando los seres nocturnos sonreían, traviesas, las tres Lunas coronando el cielo. Sigilosa como un gato, plena como nunca. Las Lunas nunca habían tenido tanto esplendor como aquella noche, la empujaban lentamente hacia el hogar que era su hogar.

Como tantas otras veces había escapado en esos días en los que la Tierra era un recuerdo latente, entró, desandando sus pasos, repudiando el azul de su mundo. Como Psique se arrastró hacia su casa conyugal, mecida por el viento, llegando hasta un desconocido Cupido, se lanzó, casi en volandas hasta la alcoba de su Señor. Encendió una vela en un rincón, y Amehc abrió los ojos, renaciendo de su intranquilo sueño.

Al verla, se sentó de un golpe, susurrando.

- Dina…

Ella agachó la mirada mientras lentamente se despojaba de sus ropas. El fuego de la mirada del guerrero se encendió, como reacción natural ante el cuerpo de su kajira.

El silencio se hizo necesario, cómodo, real… y en él se barajaban las burbujas llenas de las emociones de los dos cuerpos.

Dina se arrodilló en las pieles que aún estaban a los pies del gran lecho, alargó los brazos juntando sus muñecas y agachó la cabeza del todo, tocando su clavícula con la barbilla. Temblaba como una hoja.

- No puedo ser plena si no soy suya, mi Señor… -su susurro fue dulce, melodioso, celestial.

Amehc se levantó, tras un instante saboreando la imagen de su jardín… el de sus pechos, su pelo, sus labios, su vientre… pequeñas flores perfectas sólo para él. Cogió el collar que descansaba a sus pies, justo encima de las pieles de la pequeña esclava y lo ajustó a su cuello con el pequeño candado. La llave aún colgaba de su muñeca.

Amehc pasó sus manos los pechos de Dina, las subió y limpió sus lágrimas de cristal, pasando por sus labios. Después, llegando a sus axilas, la levantó con suavidad, cerrando con un beso dulce y apasionado, su entrega.

Daynara quiso que su hija escogiera su camino, sabiendo que tendría corazón y espíritu de kajira… conjuró a las Lunas deseando, a su muerte, ese sueño.

Dina no pudo sino escoger permanecer eternamente a los pies de su Amo.

Y, aunque nunca lo dijera… una cadena les unía a los dos. Lo mejor del amor, es que una vez que toca, tatúa.

 

flor_cautiva 01/03/06

*No pude ponerle melodía a mis letras… pero espero que ellas formen una. Para el Señor Rask, porque siempre cumplo una promesa. Con cariño y admiración, más que un Amo goreano, un amigo. Gracias por que con sus letras podemos comprender de verdad el espíritu de Gor.

Con cariño,

Lulú Merino.