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DANZA DE NOCHE.
Ocaso de estrellas conjuradas. La lumbre repiqueteaba, a lo lejos. Y la sombra del ocaso se cernía sobre ella, cubriéndola despacio, o demasiado deprisa a sus ojos.
Ese extraño enjambre de nervios revoloteaban en su estómago dejándola con los huesos gastados, casi sin movilidad en sus párpados. Lanna la acicalaba, cuidadosamente. En sus ojos llenos de años se veía la ternura personificada en esos lagos de color indefinido. Su vida de entrega, de felicidad. Desde que su Amo murió ningún otro hombre de Gor la tocó, quizá por no mancillar el recuerdo del guerrero que vivía presente en cada minuto de la vieja esclava. Parecía incluso que la respetaban, con un cariño casi embalsamador. Los más jóvenes acudían a ella cuando sus pequeñas esclavas, aún por acabar de controlar, tenían algún problema que sólo el sexto sentido de una mujer vivida podía ayudarles a interpretar. Pues, a pesar de su dureza, o rudeza en algunos casos, siempre cuidaban a su más preciada posesión.
Iraia se miraba en el espejo. Sus rizos caían en cascada en su espalda. Fundidos en la pasión del fuego, el rojo intenso de su cabello resaltaba con su piel, que nada tenía que envidar al color del marfil, a la suavidad del melocotón. A penas se oía el susurro de su pelo cepillándose.
Despegó sus labios, por el rato ya demasiado largo que llevaban pegados. El silencio se había instalado en ella desde que había despertado. No se veía tristeza en ella. Ni amago de decepción por su presente. La alegría que se decía debía tener se mezclaba como un cóctel extraño a su cuerpo, bailando con sus suspiros, con sus recuerdos de niña, criada y educada para ese día. Le temía y le esperaba con un afán que parecía irreal. Siempre lo había soñado, despierta y dormida. Y siempre había esperado que no llegara nunca.
Lanna le besó la frente. Una sola vez. No decía nada.
- Lanna... dime algo que me ayude.
- No necesitas ayuda alguna. Él estará allí. Eso es todo lo que necesitas.
- ¿Y sí...?
Sus dudas quedaron interrumpidas por la súbita entrada de dos jóvenes kajiras. La miraron y soltaron una risilla. Iraia encendió sus ojos ambarinos lanzando chispas. Ellas, a su vez, la besaron con dulzura y Iraia abrió su expresión con asombro. Sin resistirse, dejó que ellas la levantaran, la obserbaran, y acariciaran su cuerpo como si quisieran memorizarlo. La suavidad de las manos de Faye y Seinara la sobrecogió. Se sintió tranquilizada al instante, por sus sonrisas, por su sensualidad quebrando su inocencia pueril. Al principio pensó que se estaban burlando de ella, luego supo que sólo era curiosidad.
- Hermana, no tienes nada que temer -dijo Seinara- mi Dueño es el hermano de quien será tu Señor. Sé que serás muy feliz sirviéndole y Él de tenerte. Espero que seamos muy buenas amigas.
Iraia sonrió, admirando la belleza de Seinara.
- ¿Tú bailarás hoy también?
- Mi Amo me ha dicho que no me mueva de sus pies. Esta noche es el cumpleaños de su hermano y tú eres su regalo. Sólo tú serás quien deleite a los presentes e ilumine esta noche con tus movimientos. Si te pones nerviosa, cierra los ojos al principio. Pero no demasiado tiempo, les gusta ver como miras mientras bailas, siempre que no mires a ninguno de ellos fijamente.
- ¿Si no les gusto, me castigarán?
- Les vas a encantar. -dijo Faye.
Dijo esto, Seinara volvió a besarla tiernamente en los labios, Faye le acarició el cabello y marcharon tras las cortinas.
Lanna ciñó su kamisc. Vestía con unas telas azules, de un zafiro intenso brillando. Su cuerpo se advertía bajo las insinuantes telas y sus mejillas se tiñeron manchadas de carmín. En su conjunto, formaba un pequeño retal de paraíso, inspirado, solamente, para el que a partir de esa noche sería su Señor.
Sonrió, sin saberlo, mirando su reflejo. Deseaba gustarle, agradarle, inflamarle... más que nada más. Sin haberle visto nunca, se sabía suya. Lanna la dejó a solas unos minutos, con sus pensamientos.
Iraia había permanecido durante su infancia casi aislada del resto del mundo. Realmente no conocía su vida de esclava más de lo que le habían contado. Sabía que su caso no era común. Por ello quería poner su corazón en no defraudar a todos sus seres queridos, que la habían preparado y educado. Y no quería defraudar a su Amo, por quien se había esforzado y aprendido a pesar de nunca haber visto su rostro, oído su voz o saber siquiera si ella iba a ser la kajira que él esperaba que fuera. "Lo seré... y Él estará orgulloso de mí."
Un colgante colgaba de su cuello. Su Amo se lo había regalado hacía años, por medio de Lanna. Nunca nadie le dijo que no se lo quitara, pues no era el collar que demostraba su pertenencia a su Señor, como el que llebaban las demás esclavas. Él dijo que se lo pusiera cuando lo sintiera, y se lo quitara cuando sintiera que se lo quería quitar. No había orden alguna en esas palabras escritas que acompañaban al presente. Nunca se lo quitó. Se sentiría desnuda sin él. Lo agarró con fuerza cerrando los ojos. Imaginándole.
Así la encontró Lanna cuando vio a la pequeña aguardando el momento. La anciana sonrió.
Ocaso de estrellas conjuradas. Se había puesto el sol. Y la luna, llena como para enamorar a un lobo, miraba expectante, esperando ser una espectadora más de la iniciación de la pequeña esclava.
Lanna le ciñó a la cintura una cadena, fina y brillante. Terminó los últimos retoques a su estampa. La cascada de rizos cobrizos formaba un cuadro que empequeñecía el brillo de los diamantes.
Iraia sonrió, nerviosa. Había llegado el momento. Iba a traspasar el umbral. La frontera entre la fantasía y la realidad que había llenado sus años se había echo tan delgada que Iraia no sabía, en ese preciso intante, en qué lado de la muralla se encontraba. Era el primer día del resto de su vida.
La puerta se abrió de par en par y todo el mundo calló. Faye y Seinara la esperaban a los pies de sus Amos y, a una señal de ellos, se levantaron prestas para acompañarla hasta el centro de la sala. Iraia no se atrevía a mirar siquiera. Se sabía observada. Pero no quería huir.
La luz menguó de pronto. Él la estaba mirando fijamente y ella lo sabía. Sonrió para Él, los demás... sólo estaban ahí en presencia. Ella seguía avanzando lentamente hasta el centro, arrastrando sus pies, acariciando el suelo con sus plantas desnudas.
Se escuchó un chasquido de dedos a lo lejos. La música empezó a sonar. Ella se sintió, por un breve instante, clavada en el suelo como una estaca. Como si sus pies pesaran y no pudiera moverse. Se tocó el colgante que pronto desaparecería para que un collar distinto cubriera su cuello. Empezó a moverse con el pensamiento de que, en cuanto tuviera oportunidad y su Amo se lo permitiera, le rogaría que hiciera de aquél colgante, una pulsera que cubriera su tobillo.
Hechizó la magia todo su cuerpo. Sin saberlo, con los ojos cerrados, dejó que la música penetrara en ella, la invadiera y la consumiera como ave rapaz. Al principio movió sus caderas, despacio, suave... muy lentamente. Parecía, claramente, como si no se estuviera moviendo, tan sólo dejándose llevar por una suave brisa. Sus manos se unieron al conjunto, meciéndose con cautela, removiendo el aire que entraba de una ventana entreabierta. Abrió los ojos levantando la cabeza al cielo, y los volvió a cerrar mientras agachaba la cabeza y sus manos se posaban en su nuca. Y se deslizaban, como si resbalaran por su piel, hacia delante, luego hacia abajo. A penas sus yemas rozaban su cuerpo y sus caderas se movían más rítmicamente, acompasando a la música que avanzaba con parsimonia. Sonrió y dedicó su mirada al lugar, encendida, sin mirar a ningún rostro y dejando que todos la miraran a ella. A penas una media sonrisa con la que quiso predicar, con dulzura, que se movía sólo para quien observaba detalladamente cada rincón de su cuerpo, que entraba, con su mirada, en su mente, en su corazón y en su voluntad. Que ya estaba en ella desde que tenía uso de razón.
Sus pies dibujaron un semicírculo en el suelo, dando la vuelta con su cuerpo. Y, entre sus manos y su trasero que danzaban al compas de la serenata, reina de la estancia, formó, esa imagen, un cuadro lujurioso digno de estar en la lista de la mayor fantasía de Doña Elegancia. Cruzando los brazos en cruz, agarró sus pechos con ambas manos, volviendo a girar, ofreciéndoselos a su Dueño y volviendo a agachar la cabeza, en una muda ofrenda.
Y su cuerpo bajaba, hacia abajo, terminando de rodillas en el suelo. Y volvió a subir, despacio, arqueándolo hacia delante. Y sus manos subieron hacia arriba, queriendo tocar el techo, juntándose ambas muñecas encima de su cabeza, extendiendo los brazos. Atada a Él. Y bajaron, a medida que su ombligo se movía de un lado a otro, y su pecho exalaba su aliento que dedicaba sólo a ese baile. Quedaron los brazos en cruz mientras sus pies se cruzaban avanzando. Reculó, cruzando los pies a la inversa, adelantando sus manos, dibujando un cuenco como si estuviera ofreciéndole a su Amo un suculento manjar con ellas.
Quedó de nuevo en el centro de la sala, cruzó las piernas e hizo una reverencia mientras la música ascendía. Bajó la vista. Bajó el cuerpo. Y volvió a subir arqueando esta vez el cuerpo hacia atrás, ofreciéndole a su Señor su trasero, como si quisiera que éste la reprendiera por haberse tomado la libertad de inflamar sus más ardientes pasiones sin permiso.
Dio una vuelta entera, agarrándose la cintura con ambas manos. Movía sus piernas, sus pies, su tronco, su pecho, sus manos... como fruto de una unión de malabaristas expertos en fundirse con la música. Ya no tenía miedo, se dejaba llevar hacia donde su interior la condujera. Él estaba ahí. Por Él quería ser la mejor. Para Él.
Volvió a quedarse de rodillas y se puso a cuatro patas. Gateó moviendo todo su cuerpo, erizando la espalda como un gato, avanzando. Y se sentó en el suelo, antes de llegar a sentir siquiera la presencia de los presentes. Se levantó, con las palmas de las manos en el suelo detrás de su espalda, sus pies en el mismo, y flexionandose lentamente para que su movimiento fuera perfecto y no tropezara. No tropezó.
Sonrió de nuevo y se acarició el pelo, levantandolo y mostrándoselo como si de una alfombra turca de incalculable valor se tratara. Retrocedió sin mirar atrás, nuevamente, sin dejar de acariciarse el pelo. Y sus manos reiteraron la silueta de su cuerpo, nuevamente. Se deslizaron, acariciándose con más pasión, desde la clavícula, hasta su pubis, donde a penas ni llegaron sus dedos. Repitió la operación, esta vez con uno solo de sus dedos, mientras el otro brazo permanecía a su espalda. Sus caderas no dejaban de moverse, cambiando de ritmo constantemente, como haciendo el amor con el ambiente, cargado de su embrujo. Y luego volvió a subir su dedo índice, recorriendo su camino nuevamente, hasta posarse en sus labios. Dibujó una traviesa sonrisa, llena de inocencia interrumpida, y dibujó sus labios con su dedo. Y volvió a darse la espalda, como si se sintiera repentinamente invadida de un ataque de pudor. Su cuerpo quedó de espaldas donde sabía que su Dueño se encontraba. Y, sin apartar el dedo de sus labios, su mano quedó parada en su trasero que no había dejado de moverse de un lado a otro, y ella giró sólo la cabeza para echar un vistazo corto hacia Su dirección. Pero no pudo ver nada. Sin emabargo, sabía que Él había captado su leve osadía, deseosa de encontrarse con el que era ya su Amo. Y, sabía, también, que él había sonreído a su vez.
La música llegaba a su fin, los últimos compases, que cada vez se hacían más lentos y más lejanos, así lo confirmaban. Sus movimientos no dejaban de acompasarse al ritmo. Avanzó hacia él y reculó una vez más, con las manos pegadas al costado y las caderas moviéndose exageradamente, sensualmente, muy sexualmente. Y, al recular, subió sus brazos nuevamente mientras ella se agachaba, y quedó sentada sobre sus tobillos. La música se apagó justo cuando ella posó su cabeza en el suelo y sus manos, algo más arriba de ésta.
La ausencia llenó la estancia. El silencio no se rompió y ella escuchaba el repiqueteo de sus latidos, su respiración entrecortada, su excitación, su expectación. La espera de qué sucedería en ese instante convirtió en una eternidad hasta que la mano de su Amo se posó, caliente, sobre su espalda. Se le cortó el aliento por un momento. La mano se deslizó, firme y suave hasta posarse sobre su trasero descaradamente y volvió a subir. Iraia no se atrevía a moverse. Él la levantó y ella quedó, de pie, de espaldas a él. Agachó la cabeza, nerviosa. Él le acarició el cabello y ella sabía que sonreía. Estaba complacido. Respiró, feliz.
Retiró el pelo de su oído y le susurró "ya eres mía" y ella, en un amago de valentía, aunque sabía que no le era permitido hablar, dijo, en apenas un murmullo perceptible "siempre lo fui... mi Amo.".
flor_cautiva (31/07/05)