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DANZA DEL AMOR DE LA ESCLAVA CON SU COLLAR NUEVO

Me giré a los músicos.

“¿Conocéis la Danza del Amor de la Esclava con su Nuevo Collar?
“¿La de Puerto Kar?” Preguntó el jefe de los músicos
“Por supuesto”

Cuando estuvimos en casa del herrero había adquirido muchas otras chucherías, además de los collares de esclava.

“Levántate” Ordenó Thurnock a Turra

Obedeció asustada. Ahora estaba e pie sobre la mullida alfombra. A un gesto de Clitus también Ula se puso en pie.

Puse aros y brazaletes de esclava en los tobillos y brazos de Midice y arranqué la pequeña túnica de seda que cubría su cuerpo. Toda ella era una máscara de terror.
La levanté del suelo y permanecí erguido ante ella.

“Tocad” Ordené a los músicos.

Hay muchas variantes de la Danza del Amor de la Esclava con su Nuevo Collar, pero el tema común es que la muchacha baila ante el gozo de ser poseída por su fuerte conquistador.

Los músicos empezaron a tocar, y a las palmas y gritos de Thurnock y Clitus las dos chicas empezaron a bailar ante ellos.

“Baila” Ordené a Midice.

Aterrada y con lágrimas en los ojos, Midice levantó los brazos.

Volvía a bailar ante mí, con aquellos deliciosos tobillos y muñecas juntas, como encadenados, pero, en esta ocasión llevaba aros y brazaletes de esclavas que, representaban las cadenas de su condición. Estaba seguro que no acabaría el baile escupiéndome al rostro.

Temblaba

“Di que te complace mi danza” Me rogaba.
“No la tortures de esa manera” Me dijo Telima.
“Vete a la cocina, Esclava de la Olla” Ordené

Telma, con la túnica de rep tiznada, dio media vuelta y abandonó la habitación como había ordenado.

La música era cada vez más rápida.

“Donde has dejado tu insolencia, tu desprecio? Pregunté a Midice
“Se cariñoso con Midice” Gimió

La música había adquirido un ritmo salvaje.

De pronto Ula, plantándose ante Clitus, rasgó su túnica de seda y continuó bailando con los brazos extendidos hacia su Amo.

Clitus se levantó de un salto y tomándola en los brazos la llevó hasta la habitación. Solté una carcajada.

Pero casi al instante Turra fue quien me sorprendió. Ella, una de las hijas de los cultivadores de rende, se ofreció de modo similar a Thurnock, un humilde labrador. El gigante, lanzando una sonora carcajada, la tomó en sus fuertes brazos y se retiró a su habitación.

“¿He de bailar por mi vida?” Preguntó Midice.
“Si,” respondí desenvainando mi espada Goreana.

Bailó con todas las fibras de su ser, tratando de complacerme mientras miraba constantemente a mis ojos, intentando leer en ellos su destino. Por fin, cuando agotó todas sus fuerzas, cayó a mis pies, ocultando el rostro en mis sandalias.

“¿Os he complacido, mi Amo?”

Ya había tenido suficiente distracción

Conquistadores de Gor